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jueves, 1 de diciembre de 2016

El Bosque

Andaba yo aquella tarde de verano, cazando mariposas por la esquina del jardín cuando, de repente,-porque todo lo que parece importante ocurre así-, me encontré aquella diminuta semilla que tan atractiva se me pareció. Busqué tierra firme. Aboné con el calor de mi sinrazón aquella tierra extraña para mí, y con la constancia de la que solo saben aquellos que tienen relleno su pecho de caridad, junto con el agua que de mis ojos brotaba, fuí criando aquel brote del suelo, que buscaba impertinente alcanzar la celestial altitud de la vida.
Fueron pasando los días, los años,  y con ellos los sentimientos y las responsabilidades. No había día que no acudiera a aquel eterno jardín, y darle su ración de cariño y cuidado. Hasta tal punto llegó aquel platónico amor, que juré amor eterno a sus ramas y raíces, esperando ,irresponsable, la cosecha de sus frutos que o tardó en llegar, a Dios gracias.
Aquel árbol, caprichoso, se mecía dependiendo de aquellos vientos que lo bailaban y mecían. Ahora a izquierda, otrora a derecha, sin darse cuenta de mis cuitas ni de aquellas que guias que yo, infeliz, le procuraba. El seguía inihiesto, impertinente, desafiante, atrevido y desconfiado, buscando la altitud que se le prohibía, pero aun así y se hinchaba, vanidoso, para su falso y temporal reconocimiento. aquellas ramas que con tanto tesón buscaba, amparándome de todo y de todos, que tanta tranquilidad y sombra de proporcionaban, se mostraban ahora egoístas, ávidas de busqueda de otros menesteres más importantes para ella. De nada sirvieron aquellos cuidados gratuitos que tanto le empujaron a hacerse un especimen digno de su bosque. Ya había conseguido ser uno más y el resto bastaba. Ni siqueira fui capaz de arrebatarle aquellos frutos, mis frutos, a los que tanto esmero dediqué...
Pero todo llega y con ello el invierno, duro, sin compasión y claro, y acabó desinchando aquella corteza de cara al frío de la estación que estaba por venir, pero más fiero si cabe a su jardinero. No había manera de podar las imperfecciones que con el tiempo fueron naciendo de aquellas ramas que en otros tiempos se veían esbeltas y fértiles, convirtiéndose en extremidades llenas de nerviosidades estériles a las que a nadie ya les importaba. No había apenas pájaros que anidasen en tal aquel verdoso infierno. No había vientos, ni lluvias ni nieve, aquellas ramas que en su día, se sintieron largas y protectora y tanto se elevaron tanto alcielo que, aunque su triste jardinero procurara, nada podía hacer ya, por lo  que llegado a este punto, decidió dar por finalizada aquella vida tan futil que daba ya el árbol seco, sin fruto y sin sentido. Fué necesario un trasplante de urgencia, pero ni así pudo evitar el anunciado desastre.
Cogió dolorido el jardinero su hacha, y con fuerza y secamente, asestó de un sólo golpe, el corte que el hacha del olvido y de la indiferencia le dedicó a aquel tronco negro ya por el olvido. Abandonaron los ya pocos pájaros que moraban en sus ramas, y, aquel que pudo haber llegado a ser un centenario de su bosque, cayó inerte e indefenso por uno de sus costados. Acabó. Cómo todo lo humano. Ahora, a otro le tocará hacer leña. Yo me niego, porque siempre hubo buena mano e intención en su cuidado. Ahora sería imposible talar y recortar. Que sea otro quien lo haga. Tengo sus frutos y tengo que cuidarlos en honor a su verdura y altivez. Se taló el árbol, pero el bosque sigue...