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jueves, 24 de noviembre de 2016

Reflexiones

Como todas las mañanas y tras el toque de diana de mi querido despertador, me dispongo a afrontar un nuevo día. Un día que vendrá cargado de sus momentos buenos y malos, si bien, por las circunstancias actuales, me encontraré más amargos que otra cosa.
Me levanto de la cama con la frustración del niño que tiene que ir al colegio y se niega a hacerlo a base de estúpidas excusas. Pijama caído, andares arrastrados y picores que se sanan a base de rascarse sin pudor la cacha derecha.
Sentado ante el ordenador y navego por las páginas de empleo de internet, acompañado de mi café y mis tostadas, con la finalidad de encontrar ese salvavidas al que agarrarme para salir de esta miserable situación.
Mis perros me observan. Uno se queda fijo mirándome como si quisiera darme ese valor o esa energía que ahora mismo me falta y tanto necesito. Yo le devuelvo la mirada agradecido. Que sería de ellos sin su perruno apoyo.
Llegará la hora de los almuerzos, preparar ropa de la familia, porque como estas desempleado, pues te sobra el tiempo.
Llegará pesada la tarde, seguiré con las faenas del hogar hasta que llegue mi pareja. Entonces el amor desaparecerá y comenzará el repaso del hogar.
En fin, deseo que llegue la noche para volver a dormir, ya que es el único momento en que puedo evadirme de toda la basura que me rodea. Pero confio en que llegará el día en que volveré a sentirme un ser humano completo y a la vez, respetado.

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