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domingo, 24 de septiembre de 2017

Hoy me han llamado hipócrita. Que fácil es hablar de lo que uno no sabe y que vida cargada de retóricas ideas vacías absolutamente de peso. Yo también sé criticar,y a la vez, saber hacer daño, pero la prudencia, mi prudencia, me lo impide. En su día, vivió todas aquellas experiencias y ratos cofrades al amparo de alguien a quien no la merecía. Tiene gracia. Ahora soy yo, quien le ha acompañado a todos los sitios y ratos buenos y malos, el "bajuno",el "sin clase", el que estuvo siempre a su lado, en su sitio me gustara o no, al pié del cañón. Y, hoy, ¿Qué v a ser de mí?¿Me escondo bajo una piedra o se la tiro para la cabeza? Pues seguiré siendo el señor que se ha comportado con ella como siempre, aunque ella y su maldita familia me sigan tachando de vago y de maricón (con todos mis respetos, porque no lo considero una ofensa, sino todo lo contrario). Eso sí, mientras siga sirviéndose de mi para todo y tratándome como su esclavo en ellugar más amplio y literal sentido de la palabra en lugar de su esposo, todo estará bien, porque al parecer, yo soy quien le debe un respeto, mientras que ella, me maltrata psicológicamente a diario. Quien da más?

jueves, 1 de diciembre de 2016

El Bosque

Andaba yo aquella tarde de verano, cazando mariposas por la esquina del jardín cuando, de repente,-porque todo lo que parece importante ocurre así-, me encontré aquella diminuta semilla que tan atractiva se me pareció. Busqué tierra firme. Aboné con el calor de mi sinrazón aquella tierra extraña para mí, y con la constancia de la que solo saben aquellos que tienen relleno su pecho de caridad, junto con el agua que de mis ojos brotaba, fuí criando aquel brote del suelo, que buscaba impertinente alcanzar la celestial altitud de la vida.
Fueron pasando los días, los años,  y con ellos los sentimientos y las responsabilidades. No había día que no acudiera a aquel eterno jardín, y darle su ración de cariño y cuidado. Hasta tal punto llegó aquel platónico amor, que juré amor eterno a sus ramas y raíces, esperando ,irresponsable, la cosecha de sus frutos que o tardó en llegar, a Dios gracias.
Aquel árbol, caprichoso, se mecía dependiendo de aquellos vientos que lo bailaban y mecían. Ahora a izquierda, otrora a derecha, sin darse cuenta de mis cuitas ni de aquellas que guias que yo, infeliz, le procuraba. El seguía inihiesto, impertinente, desafiante, atrevido y desconfiado, buscando la altitud que se le prohibía, pero aun así y se hinchaba, vanidoso, para su falso y temporal reconocimiento. aquellas ramas que con tanto tesón buscaba, amparándome de todo y de todos, que tanta tranquilidad y sombra de proporcionaban, se mostraban ahora egoístas, ávidas de busqueda de otros menesteres más importantes para ella. De nada sirvieron aquellos cuidados gratuitos que tanto le empujaron a hacerse un especimen digno de su bosque. Ya había conseguido ser uno más y el resto bastaba. Ni siqueira fui capaz de arrebatarle aquellos frutos, mis frutos, a los que tanto esmero dediqué...
Pero todo llega y con ello el invierno, duro, sin compasión y claro, y acabó desinchando aquella corteza de cara al frío de la estación que estaba por venir, pero más fiero si cabe a su jardinero. No había manera de podar las imperfecciones que con el tiempo fueron naciendo de aquellas ramas que en otros tiempos se veían esbeltas y fértiles, convirtiéndose en extremidades llenas de nerviosidades estériles a las que a nadie ya les importaba. No había apenas pájaros que anidasen en tal aquel verdoso infierno. No había vientos, ni lluvias ni nieve, aquellas ramas que en su día, se sintieron largas y protectora y tanto se elevaron tanto alcielo que, aunque su triste jardinero procurara, nada podía hacer ya, por lo  que llegado a este punto, decidió dar por finalizada aquella vida tan futil que daba ya el árbol seco, sin fruto y sin sentido. Fué necesario un trasplante de urgencia, pero ni así pudo evitar el anunciado desastre.
Cogió dolorido el jardinero su hacha, y con fuerza y secamente, asestó de un sólo golpe, el corte que el hacha del olvido y de la indiferencia le dedicó a aquel tronco negro ya por el olvido. Abandonaron los ya pocos pájaros que moraban en sus ramas, y, aquel que pudo haber llegado a ser un centenario de su bosque, cayó inerte e indefenso por uno de sus costados. Acabó. Cómo todo lo humano. Ahora, a otro le tocará hacer leña. Yo me niego, porque siempre hubo buena mano e intención en su cuidado. Ahora sería imposible talar y recortar. Que sea otro quien lo haga. Tengo sus frutos y tengo que cuidarlos en honor a su verdura y altivez. Se taló el árbol, pero el bosque sigue...





sábado, 26 de noviembre de 2016

Miradas

No hay otro sentido vital, como el de la mirada. No existe otro tal como el. Podrás sentir la aspereza o suavidad de un amor bajo las yemas de tus dedos, olfatear el hedor del odio y la injusticia mientras escuchas palabras de protesta, e incluso podrás saborear las mieles del éxito embriagado de victoria, pero ¿cuanto encierra una mirada?
Miradas de esquina en una calle desierta mientras acecha en la medianoche su presa, un carterista.
Mirada de odio y rencor del envidioso  que anhela algo que para él es inalcanzable, dentro de su propia incapacidad de conseguirlo, deseando toda clase de males. 
Miradas de hambruna tras un cristal, de ansia de engullir en el bar de al lado, de asco al ver los dedos arañados en aquel cuarto de baño, bajo el fantasma irreal de un espejo.
Miradas de celos, miradas de fan que sigue sin dudar a su adalid de la música o deporte, miradas del que no mira nada, porque no le interesa lo que le rodea.
Miradas de amigo y de leales, como los de tu perro o tu gato. Del vecino que charla, escucha y habla contigo en el portal de tu casa o de anónimo viandante que te ofrece su mano para cruzar una calle o levantarte del suelo.
Pero sobre todo, si algo encierra una mirada, es de amor. Amor con mayúsculas en el primer encuentro: furtivas, pícaras, miedosas y pudorosas a la vez; mirada cerrada y a la vez abierta en el éxtasis del amor: lasciva, provocadora, incitante, y llena de juego, o finalmente, esa mirada huidiza cuanto todo termina. Esa mirada que ya no mira sino que desaparece por doquiera que vayas. Una mirada que ya no habla de aquellas horas felices, sino que se desdice de todo lo vivido. La mirada del adios, o tal vez de un hasta pronto, pero al fin y al cabo, de un final tal vez ya anunciado.
Hermoso sentido, para el más grande de los sentimientos.